Esos cruces de sentidos tienen que ver con la manera de nombrarla, de narrarla, de ritualizarla, de materializarla; con los modos de convertir el cuerpo en un texto para ser leído porque no sólo se asesina, se descuartiza, se estudia para ser descuartizador: El instructor le decía a uno: Usted se para acá y fulano allá y le da seguridad al que está descuartizando. Siempre que se toma un pueblo y se va a descuartizar a alguien, hay que brindarle seguridad a los que hacen ese trabajo. Las víctimas eran sacadas en ropa interior a los campos de entrenamiento. Ellos salían llorando y le pedían a uno que no les fuera a hacer nada, que tenían familia. Pero la instrucción era quitarles el brazo, la cabeza, descuartizarlos vivos. Todo se hacía con machete o con cuchillo. Luego se les abría desde el pecho hasta la barriga para sacar lo que es la tripa, el despojo...
Incluso la imposibilidad misma de tener el cuerpo es una forma de ritualizar la muerte, como una suerte de no-lugar del dolor en el que se pone en escena la ausencia: cuando se engendra, cría un hijo y sufre, esto comienza un disco en la vida que sólo termina cuando lo puede enterrar. El mío todavía no hace sino girar y girar...
Otra forma de analizar el cruce de sentidos que implica ese cainismo colombiano tiene que ver con lo exagerado de nuestra naturaleza, con la hiperbolización y la sevicia: el país más violento del mundo, el ser de la desmesura; se buscan 10.000 muertos, por siete ríos corrió la sangre derramada, un siglo y medio de masacres
Esa idea de significar la muerte desde el escenario implica hacer el recorrido por la tesis de que la civilización y la cultura ¿el desarrollo?- no son las antípodas de la violencia, antes bien, son justamente su urdimbre y su trama.
Ya son demasiados los estudios filosóficos, antropológicos, políticos, sociológicos, que han tratado en vano de presentar las caras definitivas de las muertes violentas de nuestro país, pero aún los estudios estéticos no se dejan ver. Veo aquí una alternativa para tramitar la muerte, para develarla, para desmentirla. Se trata de erigir un ámbito de reflexión desde los signos para entender el fenómeno desde las tramas culturales y convertir todo ello en obra/realidad, no en representación.